por
Margarita Ego Saint Cónery
Pervertido por tu ausencia el aire
húmedo de Diciembre golpea con una adherencia cortante a mi ya de por sí aterida
soledad, Margarita. Sin duda, la temperatura tiende a descender, a deprimirse
si falta tu voz, el francés en ese cálido acento tuyo que parece acariciarme
detrás de las orejas mientras hablas por hablar, por apoderarte de ese espacio concerniente
al ruido blanco y la retrospección, quizá, como una tentativa por intercalar ambas
soledades… Me haces falta. Hm. Cuanto pienso escribirte viene plagado de
egocentrismo, de emociones proyectadas, otrora, en otros rostros, las cuales he
detestado y ahora se vuelcan en un YO sorprendido de su propia naturaleza,
bastante vulgar, débil, codependiente. Así, aborrezco confesarte lo mucho que
te extraño, es más, no te extraño nada. Sólo me haces falta. Para nada hablo de
ese vacío producto de la terca insatisfacción de los menesteres. Me refiero,
más bien, al tiempo hueco. Los resquicios que solíamos aprovechar, las horas
conclusas ya sin jugo bebidas en nuestras copas, distribuidas a lo largo de abundantes
meses de creatividad. Tal vez, por ello, dejamos casi siempre pocas cosas en el
aire, escasos motivos para extrañar. No
hay razón por la cual te extrañe, y sin embargo, desde aquella tarde en que
llamé a la puerta del apartamento y fue tu roomie quien dejándome pasar a tu
pieza para buscarte entre las sábanas de la cama rotundamente destendida, me
puso al tanto de tu partida, anda tras de mí una exasperante necesidad de tu
presencia. Me pasó por la mente la exigencia de una despedida. Pero no.
Sabes, en múltiples enumeraciones de
las posibles causas he llegado a contestarme que volaste en pos de Jultomte y
las luminosas navidades escandinavas. Te estimo a estas horas en Estocolmo.
Parece que te veo y lo curioso es que imagino la escena como un todo, porque no
conozco Estocolmo y tu recuerdo, tal cual, no es una imagen concisa, sino un conjunto
de sensaciones -Y te veo-. Perdona si es así. Ahora verás: Creo que cada
situación se preserva en los llamados buenos recuerdos; de todo buen recuerdo
quedan, a la larga, sólo las impresiones. Es decir, sean desagradables o no, el
desagrado propio del momento se pierde… ¡Pero no es tu caso! Era más bien el
ansia desganada por desarrollar la idea. Quédate la explicación competente.
Recordar de esa manera representa para mí la pureza, el pleno de la percepción
propia que a fin de cuentas es el mundo entero. No existen los malos recuerdos
en tanto vivan las impresiones, es decir, el instinto de conservación de
nuestra memoria, la supervivencia del recuerdo sobre el olvido, en las
impresiones. Los malos recuerdos son, en más de una forma, invenciones tergiversadas,
un anhelo autodestructivo de volver a vivirlo (al querer corregirlo, por
ejemplo). Las impresiones nos acompañan desde el primer momento. Muy bonitos conceptos,
¿Eh, Margarita? Empero, en mí traen consigo la más enfermiza melancolía: La que
se aferra a ellos como a fetiches. Una sana melancolía (sí, hay salud en todo,
incluso en la enfermedad) sería algo ambiciosa, una artesana del momento. Si
no lo defino mejor es precisamente por estar inmerso en la oscura necedad de recorrer
el mismo trayecto, todas las noches, siempre a las diez de la noche, de cuando
solíamos caminar rumbo al estacionamiento del centro comercial en que aparcabas
el dichoso sentra como una buena excusa para andar uno cerca del otro y lograr
el mismo paso, la coordinación de silencios, miradas a ambos lados compartiendo
mejor que nunca la luna y el hálito de tu cabello y mis manos apenas dispuestas
a remar torpemente en el aire, encontrando alguna vez el roce con las tuyas. Si
bien queda algo lejos de mi casa, no así del recuerdo. Y en esas me confirmo en
tan sin igual propósito mecánico, el fin de atesorar ese magnífico recuerdo
tuyo que poseo. Cada cuadra que piso corrobora de alguna manera la maqueta
montada en mi memoria –me salió como oración de guía práctica, luego te explicaré-,
la desarrolla al tiempo que crece el anhelo de alcanzar las siguientes calles,
el fin del recorrido que es la encarnación del recuerdo trasplantado en la
noche distinta, la negación de su
novedad, la anacronía del estacionamiento, el lugar sin tu coche, las gélidas
dimensiones de un día distinto y su escandalosa obstinación de vivir otra
experiencia carente de ti.
¡Ay! Margarita. Evidentemente
mareado y hastiado de mi sola persona, harto,
en verdad, de esta conducta que no me es posible evitar, el único alivio
conocido, si bien se siente como un síntoma más del fracaso, es admitir esta necesidad de contarte, como
siempre, la pesadumbre que voluntariamente llevo a cuestas, sin conocer mis
sombríos fines, sobre los hombros.
De lo anterior, a lo más, concluyo
lo siguiente: Nuestras acciones son una continua demanda de nuestros anhelos.
Aplicable tanto a locos como a
cuerdos, a bohemios como a escandinavas en busca de ánimos para salir a la caza
de nuevos recuerdos.
Au
revoir.
SGM








