(por Margarita Ego Saint Cónery)
Tras el concierto de piano y violonchelo al
cual asistimos el miércoles pasado, exaltado, García Monterrey, se oponía a mis
empujones justificados como un intento por animarlo a dirigirse rumbo al
backstage para saludar a los artistas, particularmente a la pianista. A mi
insistencia, argumentó lo siguiente:
—¿Que por qué no paso al backstage a
conocerla?
¿Qué le voy a decir al tenerla
de cerca y escuchar el tono de su voz común y mortal? asumiría entonces que habla, parpadea, caga como tú y como yo y de
la misma manera se espanta al tener enfrente a un desconocido hiperventilándose
por la desilusión de algo como aquello, un fanático que sabría ya es tarde para
volver a amarla así mientras es arrastrado
por el cuerpo de vigilancia fuera del auditorio. Porque la amo,
obviamente, espero jamás conocerla.
Partimos de ahí con la mirada perdida en la
luna.