De mi estadía en Cuba poco o nada le he contado a alguien. Si quisieras obtener un relato más o menos concreto habría que recurrir al anecdotario colectivo de mis familiares y amigos. De entrada porque nadie ha soportado la exposición de mis más de mil fotografías. Fotografías de tramos de banquetas, árboles con rostro, rellanos, flores entre las piedras, manchas enormes de detalles nimios, esas cosas que tanto me llaman la atención. En segundo término me es tan difícil contar siete días allá de forma sencilla. No lo fue y eso va desde lograr el abordaje al avión, aterrizar, salir del aeropuerto y andar una hora después del mundo y la vida que uno conoce.
Lo curioso es que una vez aclimatado la vida sigue siendo la misma y el mundo gira igual. Todo vuelve a ser conocido. Se trata, quizá, que uno baja del avión tiempo después, metafísicamente hablando, y llega de a poco. En mi caso, ya en México, aún no regreso y eso que viene día a día es un cargamento de manías, disciplinas y otros instintos de preservación a medida que pasan los días aquí y un amigo distinto me pregunta otra vez si las cubanas son como las pintan.







