![]() |
| (Fotografía por Laura Fernández) |
Cuando se cuentan las horas siempre va uno tarde. Tal era el pensamiento que me invadía minutos antes de ver llegar al maestro Nérvinson y a Laura al obelisco, de donde partimos rumbo a la Fama. En un lapso de tiempo relativamente corto ya dejábamos atrás el teatro de la ciudad y caminábamos por la senda de la plaza que da a la casa de la cultura. Eran, de acuerdo al reloj, las siete con diez de la tarde. Me acomodé en el marco de la puerta para desquitar el humo de dos cigarros que me faltaban para asentar la emoción contenida al arribar la audiencia, que me miraba sin saber si saludar antes de dar un paso al frente o invitarme a entrar con ellos . Entré tras Esther y Luis. Un momento más tarde nos tomamos un par de fotografías grupales, las cuales llevan la evidencia de que no logré hallar nunca el foco de la toma. Antes de que pudiera encontrarlo ya era hora. Nos adentramos al salón bajo la incandescencia de sus luces y una ventana que mostraba todavía las de la calle cuando Nérvinson tomo asiento a un extremo de la mesa, le seguí yo, junto a mí, Esther, al otro extremo Laura; no muy cerca de ella una bocina, René, un cuadro, una persona, un cuadro, persona y el flash de una cámara me interrumpió la cuenta y con ello reparé en la interferencia del micrófono, desvanecida ya por la voz de René que anunciaba nuestra mesa de lectura como la mesa de la regia cartonera. No pude esconder mi júbilo cuando tales palabras acabaron de pronunciarse y como consecuencia solté algo entre un alarido y un aplauso, que me reservé en gran medida porque Laura empezaba ya su relato “beso deforme” y con él la transformación de aquel hombre que durante el cuento me hizo trasladarme de la mesa a su sanitario, a la que solo logró devolverme la cantidad de audiencia que como yo, manifestaba su estupefacción. El turno de Esther no fue menos grato, al hacernos partícipes de su poemario “la doncella negra” , "La historia de la trayectoria de un cuerpo" y me quedaba pidiendo más ya con el micrófono en la mano y una interferencia distinta provocada por mi aliento al leer “Lo que sé de ella” que por supuesto cesó cuando llegó el micrófono a manos del maestro y su poemario “Dub-Sar”, y la ovación del público nos preparaba a una recepción de vino tinto, literatura y la noche que vino a ser degustada justo a tiempo.
(Sitio de las veladas literarias desde el poniente)








0 comentarios:
Publicar un comentario