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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sobre el hipo

Puede llegar a medio vaso con agua, en plena junta corporativa sobre la estandarización de los procesos de implementación de mejoras o al encogernos sobre la rodilla para atarnos la agujeta, le da igual, ciertamente, en qué momento nos encuentre hic!, llega y nos empuja, nos saca del café con leche al sumergirnos la nariz, nos lanza el cigarro de la boca para obligarnos a prestarle atención, esperando el próximo coscorrón imprevisible. Quizá se haya ido o nos espere a la otra vuelta, la sensación de su presencia persevera en la boca del estómago, un peso tanto más grande que la concentración que nos abruma. Todos sabemos, creemos saber cómo ponerele fin al asunto. Nos han contado tantas maneras, nos vienen otras muchas a la mente porque pensamos conocerlo. Apretamos los puños. Impotentes. El problema no es él, no siempre el mismo, tenemos la certeza de que otro vendrá en su lugar. Lo cierto es que te lo cuento mientras espero su regreso.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Tuliada

-¿Las volteo a ver, amor?
-Ah...
-Pero bien mirado no las veo por ellas, sino por la categoría que aparentemente ostentan. Las miro por el maquillaje; A esa, por las luces de su cinto bajo la cadera que es como cualquier otra cadera que en nada se compara con la tuya.
-(Gina halagada)
-Óyelas...fascinadas por un libro-agenda con espacio para sus notas y pluma de franbuesa. Óyela reír a la más delgada, parace un gato pisado eternamente. En fin. Te miro a tí y a tu manera de confabularte contra la belleza.
-(Gina no sabe si golpearlo o sonrojarse)
-Tú te obstinas en ser una pendeja, ellas lo hacen inconcientemente.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Entre damas inglesas.

 

-Te urge una reina.
-Lo que me urge es escribir poesía. Lo siento. No soy un poeta, Margarita. Y lo peor es que declararlo me pone entre los poetas que se dicen lo mismo y ni siquiera a esos les llego a los talones.
-Ya te tengo. Acuérdate de aquellos aforismos: quien huye de su propia huida, ése es el poeta.
-¿Dónde había oído eso antes?
-Debiste verlo en el libro de Gloria Gómez Guzmán.
-¿Cuál? Oh, ya recuerdo.
-Qué memoria.
-No pienso moverlas; solo leo poesía antes de acostarme y de Neruda, Vallejo, Darío, Sabines, Baudelaire, Benedetti…Aunque me obligues, vaya, en menos de dos movimientos.
-Sor Juana.
-Canija. No paso - por favor pasa-, no paso de esa superficie poética. Los leo repetidamente, como cuando me da por escuchar cientos de veces seguidas el mismo track. Toma, pues ya qué.
-Coróname.
-Parece que estoy siguiendo tu juego. Es un juego absurdo.
-Cuando no ganas.
-Las combinaciones son pocas en un juego como éste.
-Tantas como te permita tu falta de creatividad.
-Le pegaste. En materia de poesía también pienso que todo ya se ha inventado, además mi sentir está muy viciado con el sacro amor holliwoodense. Para nada soy un poeta si pienso así, lo digo como laico cuentista.
-Apenas eres un lacónico bohemio con tendencias a la autocompasión y el esparcimiento lírico.
-Bucólico, si quieres, por hallarme tan cómodamente en este rancho.
-Mueve…
-Realmente me queda un movimiento útil. Sabes, precisamente siento lo mismo al hacer un poema. Me asalta en cada verso que escribo la imagen de un barco hundiéndose lentamente, en el que encuentro que cada verso que escribo es un intento por sacar el agua, sin esperanza de sacarlo a flote. Pero de un momento a otro acabo por ahogarme. Bien, una reina más es una ficha menos.
 -Tú habla. No pasará en el tablero algo que no sepas. Prolonga el juego y con ello tu dignidad  o entrégalo cobardemente. Las fichas agazapadas a los extremos son un reflejo de tu idiosincrasia.
-Algo muy parecido ocurre con la entrega. Entregar un poema dedicado me viene como entregar un trozo manifiesto de uno mismo. ¿Qué tal?
-Un movimiento inteligente. Cobarde, pero inteligente. Claro que es así, como casi todo gesto artístico. Supongo que le estarás dando otro sentido. ¡Ah, verdad!
-¡Acechadora! Sí, lo digo con cierto pesar. Lo que he entregado hasta ahora pasa a ser el frágil gesto de un alma que hace méritos para recibir un puntapié. Este puntapié no sólo de carácter físico, sino también sentimental, hasta moral, ¿por qué no? A los otros ojos, el poema pasa a ser una tentativa de ganarse patéticamente su  agrado.
-Apelar a los sentimientos  cuando no se tiene el valor de pedir las cosas en lenguaje corriente. Muy bien pero ahora estás expuesto.
-Fue lo mejor que se me pudo ocurrir; Supongo que quien lo recibe se da por ofendido por ese instinto de supervivencia, ante la amenaza de ese poeta que trata de doblegarla (ya estoy hablando de mujeres) exponiendo su propia debilidad.
-Qué tontería. ¿Es que no quieres perder? Esto puede durar para siempre; Es triste pero cierto. Como si hacer un poema fuera cosa sencilla. Si existe algo de cobardía se justifica si el producto llega a ser un buen poema.
-Volvemos a lo mismo.
-Es cierto. Y la verdad es que no se justifica. A nadie le gustan los peleles. Es bueno que luches, liebre acorralada.
-Tan acorralado estoy que casi llego a la corona y tus dos reinas hasta ahora no han sido de provecho. Te va a pasar lo que a España.
-¿Qué?
-Bueno, España es un amigo mío que…En fin. Un poeta casi siempre es un pelele, aunque sea de clóset. Son los falsos poetas quienes han viciado ese romance poético que los poetas jamás pidieron.
-Ahora resulta. De todas maneras la poesía ha muerto.
-No ha muerto, una ficha menos, pero el juego no se acaba como tus ideas. Las personas han tratado de erradicarla de sus días, hoy en día están vacunadas contra los poetas. Dos fichas menos pero…
-Te quedaban tres.
-Intentaba cansarte.
-Como los poetas.

-Como los poetas.



lunes, 31 de octubre de 2011

Escribano Cuentón


La siguiente carta se trunca  con la súbita decepción que me causó el no encontrar a mi maestra de primaria.
oooOOOooo

Las calles rayadas de sol como las que ahora empapan la piel cuando uno camina o espera el autobús -ése trozo de intemperie móvil- me hacen recordar al cerrar los ojos y ver ése tono de realidad colorada, un ejercicio de respiración que usted en tiempos de mi infancia y quinto año de escuela primaria nos aplicaba para serenarnos. La clave de la paz consistía en encontrar manchas de luciérnagas verdes en un cielo de párpados azul rey.

Es fecha, profesora, que sigo buscando esas manchas verdes en mi vida, aún en este instante que me siento a escribirle y me parece que una mancha verde va siendo usted y sus métodos de recién egresada. ¿Se acordará de mí, maestra, tan claro como yo de usted ahora? Posiblemente, puesto que yo de usted me acuerdo a través de las cosas que funcionaron a manera de pauta en mi vida. Tal vez no reconozca a ciencia cierta mi rostro, ni yo el suyo, pero bien puede que un disparo de ternura le ilumine (vaya, si habría de merecerlo) esa noción de una alumna que fuera a reclamarle a su escritorio que un chiquillo no cesó de molestarla. Ella se llamaba Marisol y tenía unas pecas que en su rostro me daban antojo de nieve con chocochispas. Ése día más que nunca y no era por hambre sino por el tamagochi en mi mano que de pronto captó toda su atención y yo estaba aterrado de tal manera que molestarla fue mi única opción para volver a mi rincón donde la miraba peinarse el cabello con el lápiz y me la imaginaba en una vida fuera de la clase. ¿Jugaría ya a tener novio? No supe y antes de averiguar completamente que a los tamagochis ya me burlaba de esas pecas adoradas, ella frente a su escritorio y yo caminando con el mentón apachurrado sobre la corbata de broche. ¿Porqué la molestas, Santiago? me preguntó y yo decía que sus pecas eran así como ella dijo. Usted me regañaba pero no me castigó, dijo, vete a tu lugar y ya no le digas cosas. Marisol ya no me habló desde ese día. Quién sabe, aún ahora, a veces me da por plantearme su vida actual, como la de tantos otros amores frustados. Tal vez ya se acuerde, maestra, y lo que sentimos esa mañana (su ternura de maestra y el regaño) sea hoy en día nuestro contacto común con los rostros, los lugares y las cosas. Es algo que el tiempo y los descuidos no podrán llevarse de nuestra memoria, por más que esta camine a través de grupos y generaciones, graduaciones y secundarias, títulación y demás anexos curriculares. Aún en mis primeros años de secundaria me acordaba de usted, y usted de mí. Le preguntaba a mi madre por mí cuando pasaba por mi hermana, que también estuvo en su clase y para su desgracia individualista se le anexaba el titulo de "la hermana de Santiago". Cuando usted y yo nos encontrabamos entre la marabunta me saludaba con la mano extendida y yo finjía no reconocerla. Fíjese, ya llevaba algo de caballero maldito. Pero bien lamentaba a cada nuevo grupo no fuera usted mi maestra. Tanto si lo decía por las tareas o el trato para con los otros maestros, ambos asuntos se me fueron complicando.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Lecciones de romanticismo.


(por Margarita Ego Saint Cónery)

Tras el concierto de piano y violonchelo al cual asistimos el miércoles pasado, exaltado, García Monterrey, se oponía a mis empujones justificados como un intento por animarlo a dirigirse rumbo al backstage para saludar a los artistas, particularmente a la pianista. A mi insistencia, argumentó lo siguiente:

—¿Que por qué no paso al backstage a conocerla?
  ¿Qué le voy a decir al tenerla de cerca y escuchar el tono de su voz común y mortal? asumiría entonces que habla, parpadea, caga como tú y como yo y de la misma manera se espanta al tener enfrente a un desconocido hiperventilándose por la desilusión de algo como aquello, un fanático que sabría ya es tarde para volver a amarla así mientras es arrastrado  por el cuerpo de vigilancia fuera del auditorio. Porque la amo, obviamente, espero jamás conocerla.

Partimos de ahí con la mirada perdida en la luna.

lunes, 29 de agosto de 2011

Esmeriladores de recuerdos.


por
Margarita Ego Saint Cónery


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Pervertido por tu ausencia el aire húmedo de Diciembre golpea con una adherencia cortante a mi ya de por sí aterida soledad, Margarita. Sin duda, la temperatura tiende a descender, a deprimirse si falta tu voz, el francés en ese cálido acento tuyo que parece acariciarme detrás de las orejas mientras hablas por hablar, por apoderarte de ese espacio concerniente al ruido blanco y la retrospección, quizá, como una tentativa por intercalar ambas soledades… Me haces falta. Hm. Cuanto pienso escribirte viene plagado de egocentrismo, de emociones proyectadas, otrora, en otros rostros, las cuales he detestado y ahora se vuelcan en un YO sorprendido de su propia naturaleza, bastante vulgar, débil, codependiente. Así, aborrezco confesarte lo mucho que te extraño, es más, no te extraño nada. Sólo me haces falta. Para nada hablo de ese vacío producto de la terca insatisfacción de los menesteres. Me refiero, más bien, al tiempo hueco. Los resquicios que solíamos aprovechar, las horas conclusas ya sin jugo bebidas en nuestras copas, distribuidas a lo largo de abundantes meses de creatividad. Tal vez, por ello, dejamos casi siempre pocas cosas en el aire, escasos motivos para extrañar.  No hay razón por la cual te extrañe, y sin embargo, desde aquella tarde en que llamé a la puerta del apartamento y fue tu roomie quien dejándome pasar a tu pieza para buscarte entre las sábanas de la cama rotundamente destendida, me puso al tanto de tu partida, anda tras de mí una exasperante necesidad de tu presencia. Me pasó por la mente la exigencia de una despedida. Pero no.

Sabes, en múltiples enumeraciones de las posibles causas he llegado a contestarme que volaste en pos de Jultomte y las luminosas navidades escandinavas. Te estimo a estas horas en Estocolmo. Parece que te veo y lo curioso es que imagino la escena como un todo, porque no conozco Estocolmo y tu recuerdo, tal cual, no es una imagen concisa, sino un conjunto de sensaciones -Y te veo-. Perdona si es así. Ahora verás: Creo que cada situación se preserva en los llamados buenos recuerdos; de todo buen recuerdo quedan, a la larga, sólo las impresiones. Es decir, sean desagradables o no, el desagrado propio del momento se pierde… ¡Pero no es tu caso! Era más bien el ansia desganada por desarrollar la idea. Quédate la explicación competente. Recordar de esa manera representa para mí la pureza, el pleno de la percepción propia que a fin de cuentas es el mundo entero. No existen los malos recuerdos en tanto vivan las impresiones, es decir, el instinto de conservación de nuestra memoria, la supervivencia del recuerdo sobre el olvido, en las impresiones. Los malos recuerdos son, en más de una forma, invenciones tergiversadas, un anhelo autodestructivo de volver a vivirlo (al querer corregirlo, por ejemplo). Las impresiones nos acompañan desde el primer momento. Muy bonitos conceptos, ¿Eh, Margarita? Empero, en mí traen consigo la más enfermiza melancolía: La que se aferra a ellos como a fetiches. Una sana melancolía (sí, hay salud en todo, incluso en la enfermedad) sería algo ambiciosa, una artesana del momento. Si no lo defino mejor es precisamente por estar inmerso en la oscura necedad de recorrer el mismo trayecto, todas las noches, siempre a las diez de la noche, de cuando solíamos caminar rumbo al estacionamiento del centro comercial en que aparcabas el dichoso sentra como una buena excusa para andar uno cerca del otro y lograr el mismo paso, la coordinación de silencios, miradas a ambos lados compartiendo mejor que nunca la luna y el hálito de tu cabello y mis manos apenas dispuestas a remar torpemente en el aire, encontrando alguna vez el roce con las tuyas. Si bien queda algo lejos de mi casa, no así del recuerdo. Y en esas me confirmo en tan sin igual propósito mecánico, el fin de atesorar ese magnífico recuerdo tuyo que poseo. Cada cuadra que piso corrobora de alguna manera la maqueta montada en mi memoria –me salió como oración de guía práctica, luego te explicaré-, la desarrolla al tiempo que crece el anhelo de alcanzar las siguientes calles, el fin del recorrido que es la encarnación del recuerdo trasplantado en la noche distinta,  la negación de su novedad, la anacronía del estacionamiento, el lugar sin tu coche, las gélidas dimensiones de un día distinto y su escandalosa obstinación de vivir otra experiencia carente de ti.

¡Ay! Margarita. Evidentemente mareado y hastiado de mi sola persona, harto,  en verdad, de esta conducta que no me es posible evitar, el único alivio conocido, si bien se siente como un síntoma más del fracaso,  es admitir esta necesidad de contarte, como siempre, la pesadumbre que voluntariamente llevo a cuestas, sin conocer mis sombríos fines, sobre los hombros.

De lo anterior, a lo más, concluyo lo siguiente: Nuestras acciones son una continua demanda de nuestros anhelos.

Aplicable tanto a locos como a cuerdos, a bohemios como a escandinavas en busca de ánimos para salir a la caza de nuevos recuerdos.

Au revoir.


SGM

 

Agradecimientos

Quiero agradecer en este espacio a todos los colaboradores que han hecho posible la continuidad de este blog: A Celia León por realizar la portada de las últimas entregas de "El lado de Escila", a Echi por compartirme su gusto por la fotografía y a Ego, por procurar que no falte la coca-cola en el refrigerador.

Y también a ti, lector, compañero, confidente y escucha, que nuestra complicidad no termine antes del fin del mundo.

Toma un respiro

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