-Te urge una reina.
-Lo que me urge es escribir poesía. Lo siento. No soy un poeta, Margarita. Y lo peor es que declararlo me pone entre los poetas que se dicen lo mismo y ni siquiera a esos les llego a los talones.
-Ya te tengo. Acuérdate de aquellos aforismos: quien huye de su propia huida, ése es el poeta.
-¿Dónde había oído eso antes?
-Debiste verlo en el libro de Gloria Gómez Guzmán.
-¿Cuál? Oh, ya recuerdo.
-Qué memoria.
-No pienso moverlas; solo leo poesía antes de acostarme y de Neruda, Vallejo, Darío, Sabines, Baudelaire, Benedetti…Aunque me obligues, vaya, en menos de dos movimientos.
-Sor Juana.
-Canija. No paso - por favor pasa-, no paso de esa superficie poética. Los leo repetidamente, como cuando me da por escuchar cientos de veces seguidas el mismo track. Toma, pues ya qué.
-Coróname.
-Parece que estoy siguiendo tu juego. Es un juego absurdo.
-Cuando no ganas.
-Las combinaciones son pocas en un juego como éste.
-Tantas como te permita tu falta de creatividad.
-Le pegaste. En materia de poesía también pienso que todo ya se ha inventado, además mi sentir está muy viciado con el sacro amor holliwoodense. Para nada soy un poeta si pienso así, lo digo como laico cuentista.
-Apenas eres un lacónico bohemio con tendencias a la autocompasión y el esparcimiento lírico.
-Bucólico, si quieres, por hallarme tan cómodamente en este rancho.
-Mueve…
-Realmente me queda un movimiento útil. Sabes, precisamente siento lo mismo al hacer un poema. Me asalta en cada verso que escribo la imagen de un barco hundiéndose lentamente, en el que encuentro que cada verso que escribo es un intento por sacar el agua, sin esperanza de sacarlo a flote. Pero de un momento a otro acabo por ahogarme. Bien, una reina más es una ficha menos.
-Tú habla. No pasará en el tablero algo que no sepas. Prolonga el juego y con ello tu dignidad o entrégalo cobardemente. Las fichas agazapadas a los extremos son un reflejo de tu idiosincrasia.
-Algo muy parecido ocurre con la entrega. Entregar un poema dedicado me viene como entregar un trozo manifiesto de uno mismo. ¿Qué tal?
-Un movimiento inteligente. Cobarde, pero inteligente. Claro que es así, como casi todo gesto artístico. Supongo que le estarás dando otro sentido. ¡Ah, verdad!
-¡Acechadora! Sí, lo digo con cierto pesar. Lo que he entregado hasta ahora pasa a ser el frágil gesto de un alma que hace méritos para recibir un puntapié. Este puntapié no sólo de carácter físico, sino también sentimental, hasta moral, ¿por qué no? A los otros ojos, el poema pasa a ser una tentativa de ganarse patéticamente su agrado.
-Apelar a los sentimientos cuando no se tiene el valor de pedir las cosas en lenguaje corriente. Muy bien pero ahora estás expuesto.
-Fue lo mejor que se me pudo ocurrir; Supongo que quien lo recibe se da por ofendido por ese instinto de supervivencia, ante la amenaza de ese poeta que trata de doblegarla (ya estoy hablando de mujeres) exponiendo su propia debilidad.
-Qué tontería. ¿Es que no quieres perder? Esto puede durar para siempre; Es triste pero cierto. Como si hacer un poema fuera cosa sencilla. Si existe algo de cobardía se justifica si el producto llega a ser un buen poema.
-Volvemos a lo mismo.
-Es cierto. Y la verdad es que no se justifica. A nadie le gustan los peleles. Es bueno que luches, liebre acorralada.
-Tan acorralado estoy que casi llego a la corona y tus dos reinas hasta ahora no han sido de provecho. Te va a pasar lo que a España.
-¿Qué?
-Bueno, España es un amigo mío que…En fin. Un poeta casi siempre es un pelele, aunque sea de clóset. Son los falsos poetas quienes han viciado ese romance poético que los poetas jamás pidieron.
-Ahora resulta. De todas maneras la poesía ha muerto.
-No ha muerto, una ficha menos, pero el juego no se acaba como tus ideas. Las personas han tratado de erradicarla de sus días, hoy en día están vacunadas contra los poetas. Dos fichas menos pero…
-Te quedaban tres.
-Intentaba cansarte.
-Como los poetas.








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