La siguiente carta se trunca con la súbita decepción que me causó el no encontrar a mi maestra de primaria.
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Las calles rayadas de sol como las que ahora empapan la piel cuando uno camina o espera el autobús -ése trozo de intemperie móvil- me hacen recordar al cerrar los ojos y ver ése tono de realidad colorada, un ejercicio de respiración que usted en tiempos de mi infancia y quinto año de escuela primaria nos aplicaba para serenarnos. La clave de la paz consistía en encontrar manchas de luciérnagas verdes en un cielo de párpados azul rey.
Es fecha, profesora, que sigo buscando esas manchas verdes en mi vida, aún en este instante que me siento a escribirle y me parece que una mancha verde va siendo usted y sus métodos de recién egresada. ¿Se acordará de mí, maestra, tan claro como yo de usted ahora? Posiblemente, puesto que yo de usted me acuerdo a través de las cosas que funcionaron a manera de pauta en mi vida. Tal vez no reconozca a ciencia cierta mi rostro, ni yo el suyo, pero bien puede que un disparo de ternura le ilumine (vaya, si habría de merecerlo) esa noción de una alumna que fuera a reclamarle a su escritorio que un chiquillo no cesó de molestarla. Ella se llamaba Marisol y tenía unas pecas que en su rostro me daban antojo de nieve con chocochispas. Ése día más que nunca y no era por hambre sino por el tamagochi en mi mano que de pronto captó toda su atención y yo estaba aterrado de tal manera que molestarla fue mi única opción para volver a mi rincón donde la miraba peinarse el cabello con el lápiz y me la imaginaba en una vida fuera de la clase. ¿Jugaría ya a tener novio? No supe y antes de averiguar completamente que a los tamagochis ya me burlaba de esas pecas adoradas, ella frente a su escritorio y yo caminando con el mentón apachurrado sobre la corbata de broche. ¿Porqué la molestas, Santiago? me preguntó y yo decía que sus pecas eran así como ella dijo. Usted me regañaba pero no me castigó, dijo, vete a tu lugar y ya no le digas cosas. Marisol ya no me habló desde ese día. Quién sabe, aún ahora, a veces me da por plantearme su vida actual, como la de tantos otros amores frustados. Tal vez ya se acuerde, maestra, y lo que sentimos esa mañana (su ternura de maestra y el regaño) sea hoy en día nuestro contacto común con los rostros, los lugares y las cosas. Es algo que el tiempo y los descuidos no podrán llevarse de nuestra memoria, por más que esta camine a través de grupos y generaciones, graduaciones y secundarias, títulación y demás anexos curriculares. Aún en mis primeros años de secundaria me acordaba de usted, y usted de mí. Le preguntaba a mi madre por mí cuando pasaba por mi hermana, que también estuvo en su clase y para su desgracia individualista se le anexaba el titulo de "la hermana de Santiago". Cuando usted y yo nos encontrabamos entre la marabunta me saludaba con la mano extendida y yo finjía no reconocerla. Fíjese, ya llevaba algo de caballero maldito. Pero bien lamentaba a cada nuevo grupo no fuera usted mi maestra. Tanto si lo decía por las tareas o el trato para con los otros maestros, ambos asuntos se me fueron complicando.
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