Luego de apagar la lamparita junto a la
cabecera la luz mercurial que va suvizando la momentánea oscuridad del resto de
la recámara me encuentra mal sentado y con el libro entreabierto guardada la página
con el dedo, mientras la visión trepa por tan espontáneos matices en los
pliegues de la cortina y tantea el resto de la recámara en un contexto
oscuridad, en función a la contienda entre luz y sombra que se estrangulan la
una a la otra al paso de la brisa.
Ya dominada la maniobra es cuando las manchas
se condensan, toman formas espeluznantes o graciosas, pero vivas hasta cierto
punto. Está por ejemplo, ese gorila rascando su cabeza, con el ceño opaco,
disimulado vuelta hacia el cesto de ropa sucia junto al guardarropa; Aquel otro librero
agazapado al escritorio, oscuro y de contenido incierto. Al final de mi cama se
extiende un tapete infraterreno que limita también con la cortina. Entre estos
límites se construyen carreteras, pardos senderos de tela, montes marrón y
pronto un recorrido omnipresente por las viejas calles de un fraccionamiento
que marcó mi infancia.




















