Decálogo del cuentista de Margarita “Ego” Saint Cónery.
I. Dicen: Después de la tempestad viene la calma. Escribe un cuento antes de la tempestad pero después de la calma. Pensarás que para ello careces de experiencia. La experiencia propia es sólo una cara de ese hipotetico paralelepípedo definido muchas veces por causas diferentes a las nuestras, pero tan conocidas e inventadas como nuestro propio paralelogramo.
II. Evita escribir mecánicamente. No así, el escribir al vilo de una situación interesante. La memoria necesita referencias, entrevista, pues, al entorno y sigue la moda de los noticiosos, presenta el reporte sin acudir a las referencias, acaso alguna cita breve, escandalosa e irónica, fuera de lugar.
III. Piensa en el cuento como una vivienda casualmente abandonada, en la cual has entrado por vez primera, de noche, y te has tropezado con la figura de ese inquilino fantasmagorico que es el sofá cubierto por la sábana. Si bien te convence el sofá propuesto por tu cordura, no te has de sentir del todo seguro, porque sigue siendo desconocido por los otros sentidos. La estructura, para un cuento, es como aquel sofá. El escritor funge entonces como decorador (un tanto tétrico en este caso) de interiores.
IV. El paisajismo, el surrealismo, extremos pictóricos, escenarios que enriquecen o empobrecen la narración. El escenario es producto descuidado y directo del ambiente, el cual está dado por la sórdida percepción de los personajes, atrapada a su vez por el narrador, animoso guía túristico, barman alebrestado, entre otras cosas. Prestales atención. Espíalos en la ducha.
V. Si se entiende por reflejo la proyección etérea de un cuerpo, entidad o individuo, el escritor es el reflejo de cada uno de sus personajes y de todos sus cuentos: Un personaje debe ser como un zapato roto. No es importante precisar esa rotura, para andar nos basta saber que sigue siendo un común, corriente e imperfecto zapato. Importa la certeza de calzarlo sólo con los pies, y aunque asome los dedos no se salgan: El cuento calza al personaje, la narración hace andar el cuento. ¿Qué sabe el zapato de los pies que lo calzan? (Acaso que apestan) Estudia, ahonda tú mismo en la fisonomía del cuento y dale al zapato la forma que le compete, ¡Afloja la chancla!
VI. Nunca pidas sugerencias para un cuento sin terminar. Donde termina la realidad empieza la opinión ajena. Mientras más importante y cierta te resulte la opinión, desdeñala, porque el cuento puede llegar a desinteresarte (Aunque es el cuento quien se desinteresa por ti). Así pues, la única impresión importante es la de nuestros personajes. (para quien no entendió, también debe desdeñarse)
VII. Realidad y certeza dejan de ser hermanas cuando no son hijas de una misma narración. En un cuento mecánico son primas terceras y tocayas. Con regularidad una de ellas es puta y la otra presenta tendencias matricidas. El cuento deja de ser correcto en cuanto trata de ser veraz. No te equivocas cuando simula veracidad.
VIII. La poesía no es sólo métrica, es una actitud. La retórica es una mentalidad; la dialéctica, sentimiento. Emplea debidamente el argot. Sé consciente: No existen los antónimos, ni los sinónimos. Ignorar al diccionario resulta en pura fonética, meros bramidos de una perra en celo, muda y casta.
IX. Leer es cargar la cartuchera. No te quedes como el niño que va a la escuela, según el célebre maestro, sin fusil y sin parque. Aún en la guerra, no se deja de aprender. Dispara en contra de quien te lo impida. Cuidado con el parricidio, la más común/deliciosa de las tentaciones.
X. Oblígate a creer este decálogo para aceptar impúdicamente el cuento malogrado. Regocíjate con El cuento, jáctate en silencio, apaga la luz, limpia y recoge todo al salir.